Historias para compartir

El Templo

El templo se levantaba sobre una gran explanada en forma rectangular, protegido por tres grandes murallas. Era el tercer templo que tenía  Jerusalén y había sido construido totalmente por  Herodes el Grande con una suntuosidad nueva para el pueblo de Israel.

Todos los días Nazeh pasaba al lado de la muralla que daba al pórtico de Salomón  admirando la majestuosa  construcción.

Nazeh sabía que el templo constaba de dos partes: la primera era un pórtico exterior que formaba un cuadrado en su parta interna con enormes columnas que delimitaba el llamado atrio de los gentiles, al que todos podían acceder fueran judíos o gentiles. La segunda era el templo en sí, situado en el centro y que tuvo que ser construido por mil sacerdotes entrenados en albañilería, a fin de que manos impuras no profanaran el templo.  Dentro de este, le habían contado que  estaba  el patio de las mujeres,   desde el cual  una gran puerta de bronce daba acceso al patio de los israelitas,  al que las mujeres no tenían acceso.  Nazeh imaginaba el enorme altar de mármol blanco, construido para  los sacrificios diarios y tras él la fachada monumental del recinto sagrado,  El Santuario, al que sólo podían acceder sacerdotes, tras una gran cortina, se ocultaba el Sancta Sanctórum, una enorme habitación sin ningún tipo de decoración donde sólo podía entrar el Sumo Sacerdote una vez al año para quemar incienso el día de la expiación.

Nazeh era un gentil por lo que solo podía acceder al primer atrio. Había llegado a Jerusalén  buscando una mejor vida, pensando que sus habilidades como alfarero serían muy demandadas en la ciudad.

Los judíos hacían constantes sacrificios a Dios: animales, vegetales o incienso eran sacrificados diariamente en el Templo por los sacerdotes.

El israelita que quería ofrecer un sacrificio empezaba comprando, en la entrada del templo los animales que deseaba ofrecer, así como la harina y el aceite y especies aromáticas necesarias para la ceremonia. Luego entraba en el segundo recinto y pasaba al patio de Israel y se presentaba a un sacerdote, y este le llevaba hasta el pie del altar para realizar el sacrificio.

Por esa razón el atrio de los gentiles hacía las veces de un mercado, allí se vendían palomas, corderos, cabritos y hasta bueyes. En muchos de los tenderetes, que no eran otra cosa que simples tableros de madera montados sobre las propias jaulas, se ofrecían al público con la algarabía típica de los mercaderes los productos rituales: aceite, vino, sal, hierbas como menta, eneldo, comino y hasta nueces y almendras tostadas.

También en medio de aquel mercado al aire libre se hallaba una larga hilera de mesas de los llamados cambistas, que se dedicaban al cambio de monedas,  ya que el denario, la moneda oficial romana era impura y debía cambiarse  al siclo para el obligado tributo del templo y para la compra de los componentes del sacrificio.

Nazeh no tenía religión alguna,  su estadía en Jerusalén le había sido difícil, pero soñaba con la idea de también ofrecer un sacrificio, acercarse  al Dios de los Israelitas para pedirle ayuda y protección o simplemente rezar, tranquilo y en paz, así fuera en el único lugar donde le era permitido entrar, el ajetreado y ruidoso atrio de los gentiles. ¿Cuándo podrían  los gentiles y  extranjeros rezar un lugar tranquilo y respetuoso  como deberia ser el Templo?

Ese día ciudad estaba más agitada de lo normal, se acercaba la Pascua de los judíos y además había llegado a Jerusalén un rabí  llamado que Jesús  al que todos querían ver y del que decían que era capaz de hacer milagros.

Nazeh pasaba  al lado del tumultuoso templo y pensó desolado en que nunca podría cumplir su deseo de rezar en paz en ese recinto. También había  visto una vez a aquel maestro, de carácter tranquilo y apacible, hablando de amar y de perdonar al prójimo. Nunca olvidaría su mirada bondadosa.

De repente noto un gran revuelo dentro del templo, entro  y sus ojos no podían creer lo que estaban viendo.  Aquel maestro sereno que había visto una vez, había hecho un látigo de cuerdas y estaba echando agitado  a todos del área del templo junto con las ovejas, palomas y terneros. Arrojó al suelo las monedas de los que cambian dinero y les volcó sus mesas; y no permitía que nadie transportara objeto alguno a través del templo y dijo a los que vendían palomas.

-“¡Sáquenlos de aquí! ¡No hagan de la casa de mi padre una plaza de mercado!"

Y los escarmentó diciendo:

-“¿No está escrito: ‘Mi casa será llamada casa de oración ? Pero ustedes la han hecho cueva de ladrones.” 

Después Jesús volvió a serenarse, tenia el rostro cansado y fatigado, como el de alguien que había realizado un enorme esfuerzo, sus ojos se cruzaron con los de Nazeh y dirigió a este la misma mirada bondadosa que el recordaba, no escucho palabra alguna, pero sintio claramente para su sorpresa que El le llamaba por su nombre y le dijo: Nazeh,  ahora sí, ven a rezar.

Hakim Santiago